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La revolución es un sueño eterno

Luca Guadagnino lleva a la pantalla la novela de William Burroughs, escenificando múltiples viajes -literales, figurados, alucinados- y poniendo en juego la tensión entre la ficción y la biografía.

 

El escritor William Burroughs (1914-1997) llegó a México por segunda vez a comienzos de los años 50 escapando de un juicio en New Orleans por tenencia de heroína y marihuana. Como no asistió al tribunal sabía que, por la ley de prescripción, no podía volver a Estados Unidos por un plazo de cinco años. Se instaló en Ciudad de México y pidió la ciudadanía. También se anotó en unos cursos para estudiar arqueología maya y mexicana. Fantaseaba con ponerse un bar (idea que desechó rápidamente). Y ya era un adicto profesional. Es decir: alguien que utiliza las drogas no como una forma de recreación o entretenimiento sino como alguien que quiere traspasar las barreras del conocimiento racional (ampliar las puertas de la percepción, decía Aldous Huxley y de acá tomó su nombre The Doors) para ingresar en un más allá del cuerpo, liberarse de la prisión corporal. Era un explorador determinado a no dejarse vencer por las instituciones que controlan la sociedad. O, mejor dicho, no iba a comprar bajo ninguna circunstancia las recetas –las verdades- del sistema capitalista: formar una familia, tener un trabajo estable, hacer algo productivo, tener “seres queridos”. Es así como se montó a cada comportamiento antisocial (para su época y su país) que encontró en el camino: homosexualidad declarada y exhibicionista, drogadicción expansiva y omnívora, alcoholismo furioso. El combo era descomunal, pero en México Burroughs podía llevarlo adelante sin generar problemas ni llamar la atención por la forma en la que le gustaba manejar su vida. Y es ahí, justo ahí, en este preciso instante existencial y exploratorio de los límites propios y del entorno, que lo encuentra la película Queer del italiano Luca Guadagnino.

El norteamericano William Lee, alcohólico y yonqui, vagabundea por México buscando un próximo trago, su próximo encuentro con las drogas y un próximo encuentro sexual anónimo, fugaz y descartable. Hasta que conoce al periodista Eugene Allerton y quiere verlo más tiempo, que la cosa dure un poco. La oportunidad que William Lee ve de concretar ese deseo es ir al Amazona para probar la yagé, una planta alucinógena que, según ha leído en algunas notas periodísticas, potencia la telepatía. William Lee se lo propone a Eugene, que acepta. Y hacia allá van, hacia la selva latinoamericana. Pero son varios viajes que ocurren a la vez: el de la abstinencia, el de la relación entre estos dos hombres con mucha diferencia de edad, el de tratar de encontrar algo más que aquello que dicta el cuerpo, el de la ansiedad traccionándolo todo. Entonces, la aventura es física, es geográfica y se trata de experimentar al máximo de lo posible con los sentidos y las intuiciones.

Si bien Queer es una ficción tiene mucho de los elementos del imaginario biográfico alrededor, por llamarlo así, del primer Burroughs: las drogas como vehículos de investigación seria, el cuerpo como otra zona de exploración (para el sexo o para ingresar los alucinógenos o para la desintoxicación), la ausencia de cualquier tipo de sentimentalidad emotiva tradicional, el asesinato de su esposa Joan Vollmer (“jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan”, dice Burroughs en la introducción de Queer, escrita entre 1951-1953 y publicada recién en 1985), los bordes totalmente corridos entre realidad y alucinación (tal vez los momentos más logrados de la adaptación de Queer), entre otros. Y es por eso que esta es una película que puede dialogar muy bien con Naked Lunch (1991) de David Cronenberg. Sin embargo, Guadagnino elige deliberadamente un tono un tanto más estilizado, amable para las mayorías y concentrado, en cierto sentido, en el aspecto de romance (aunque acá no hay de romántico ni de cursilería) entre William Lee y Eugene Allerton (excelentes tanto Daniel Craig como Drew Starkey en sus respectivos papeles) y, digamos, la recuperación de un yonqui (donde no se termina de transmitir la desesperación avasallante que conlleva la abstinencia). Lo que tiene de perversidad, sordidez y abismo en Cronenberg, el director italiano lo matiza (algo que le funcionó muy bien en Call Me by Your Name) con escenas en cámara lenta y buenas –y salvadoras- canciones (Trent Reznor and Atticus Ross, New Order, Prince, Nirvana, Sinéad O´Connor, etc.). De todas maneras, Queer muestra muy bien la desesperación del protagonista, William Lee, en la búsqueda de la yagé y ese viaje alucinatorio, psicodélico y policromático una vez que puede consumirla.

Queer es una película que se puede mirar en dos sentidos: se ubica dentro de lo que viene proponiendo Luca Guadagnino (es su segunda película estrenada este año luego de Challengers) en su filmografía en cuanto a mirada, tono, perspectiva y ese puente pop entre las historias y las referencias culturales del mundo que quiere retratar, y en otro sentido se activa una puerta de entrada al territorio complejo, intelectual y algo terrorista del inclasificable William Burroughs y que, de ahí, luego de ver esta película, da paso a leer la novela Queer (un texto bastante “accesible” en una obra por demás difícil y un tanto hermética), que también está muy relacionada con su primera novela Yonqui (donde cuenta su período demencial en Tánger), lo que conduce finalmente a seguir en ese territorio fundacional del siglo XX como son los beatniks (junto a las vidas extremas de los escritores Allen Ginsberg y Jack Kerouac). Cuenta Burroughs en la introducción de esta novela: “Mis motivos para escribir Queer fueron complejos y en este momento no los tengo claro. ¿Por qué habría de querer describir con tanto rigor recuerdos sumamente dolorosos y desagradables y lacerantes? Mientras que yo escribí Yonqui, siento que Queer me escribió a mí.  También fue un esfuerzo para garantizar la escritura de otros libros, para aclarar las cosas: escritura como inoculación. En cuanto se escribe algo ese algo pierde el poder de la sorpresa, así como un virus pierde su ventaja cuando un virus debilitado a creado anticuerpos alertados. De manera que, relatando mi experiencia, logré cierta inmunidad ante otras aventuras peligrosas del mismo tipo.”

Por último, hay que considerar algo más, y es el viaje increíble que hizo la palabra queer a lo largo del siglo XX (cuando fue un insulto denigrante para referirse a la homosexualidad) hasta llegar al respeto que conquistó a lo largo del siglo XXI y ser todo un universo de referencia en cuanto a las disidencias y material de estudio para remitirse a una lucha por los derechos del colectivo LGTBI+ y permear todo el arco de la cultura. Que aparezca en este momento histórico de Estados Unidos (y en esta parte del mundo) de reavivación de los discursos excluyentes, de destrucción de derechos adquiridos y de regreso de las extremas derechas democráticas, le da a Queer un cierto aire de statement político y de recordatorio: la revolución es un sueño eterno.

 

Walter Lezcano