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Un alma sola que vive en dos cuerpos

La dupla formada por los belgas Felix van Groeningen y Charlotte Vandermeersch escribe y dirige Las ocho montañas, ganadora del Premio del Jurado del 75° Festival de Cannes. Se trata de un expansivo y novelesco relato sobre la amistad entre dos niños que se conocen en un pueblo al pie de los Alpes italianos y que el tiempo, el azar y la amistad irán reencontrando a lo largo de varias décadas.

 

“¿Qué es la amistad?” es la pregunta que se hacía Aristóteles y respondía con el título de esta nota. Las ocho montañas no se la plantea, pero lleva la definición al paroxismo: a través de una narración en off de raigambre novelesca (su origen, literario, es Le otto montagne, novela de Paolo Cognetti), será Pietro –primero Lupo Barbiero, luego Andrea Palma y, finalmente, Luca Marinelli– quien nos conduzca por un extenso relato lleno de vericuetos. El motor es la fascinación más antigua del mundo: aquella que nos produce la manera en que nuestras vidas se entrecruzan unas con otras por obra y gracia del azar, pero también porque nos convencemos de que lo fortuito está, en algún punto, lleno de significado.

Las ocho montañas es la historia de dos hombres y un lugar: el ya mencionado Pietro y quien se convertirá en su más grande amigo, Bruno –primero Cristiano Sassella, luego Francesco Palombelli y, finalmente, Alessandro Borghi-. La oposición de caracteres es clásica. Pietro, nacido en la populosa Turín, pasa el verano en una casa de campo al pie de los Alpes italianos con su madre mientras su padre trabaja en la ciudad. Es un niño burgués, bien educado, avispado y a la vez profundamente ingenuo. En cambio, Bruno es hosco, escueto; desde muy chico, ha aprendido los arduos oficios del campo. El horizonte de Pedro parece muy estrecho y, sin embargo, algo lo mantiene poderosamente unido a las montañas. El campesino parece haber encontrado, mucho más tempranamente que el burgués, su lugar en el mundo.

Aquel verano, como todos, terminará. Habrá encuentros y desencuentros: muchos, fruto del deseo profundo de volver a verse, pero también de la casualidad y la suerte. Algo los hermana: la figura de un Padre (Filippo Timi) –el biológico de Pietro y el putativo de Bruno– que, aun después de muerto, los volverá a reunir al pie de las montañas para cumplir con un deseo.

De alguna manera, los picos (valga la metáfora) emocionales más altos de Las ocho montañas vienen de la mano de su sobriedad contemplativa y austera. Una cualidad que escasea cada vez más en el cine de hoy pero que, cuando aparece, suele ser un manierismo aletargado y solemne. Nada de eso ocurre en Las ocho montañas. Incluso su apabullante fotografía (de Ruben Impens, quien comparte nacionalidad con la dupla de directores belgas) elude el regodeo esteticista y simplemente compone los planos generales confiando en la imponencia de la naturaleza que envuelve a los personajes en el cuadro. Las ocho montañas no hace paisajismo: como Bruno se encarga de dejar en claro cuando conoce a los amigos citadinos de su amigo, el concepto de “paisaje” no podría resultarle más ajeno. La naturaleza es fuente de refugio, comida, madera para el fuego y piedra para las casas. También es peligrosa, indomable. Un poco como esa única alma que une a los dos amigos y también los separa, que alimenta sus más grandes virtudes pero también sus terribles defectos.

Las ocho montañas es la historia de dos hombres, de un lugar y de su pasión, en la acepción más cristiana del término (lo cual no implica que la película no sugiera otras, de índole más terrenal). Sobre las emociones e impulsos tan diferentes que los guían a través de su existencia pero que al final mantienen sus vidas tan irrenunciablemente unidas. Es trágica, también catártica y llena de escenas dichosas. Es una mirada serena sobre los movimientos lentos: un poco como las nieves eternas en la cima de los Alpes, que siempre parecen las mismas aunque el tiempo las cambie totalmente.

 

Andrés Brandariz

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